martes, 7 de mayo de 2019


Nota “LA FUNDACIÓN EVA PERÓN Y LAS ASISTENTES SOCIALES”, en el libro “La Argentina populista” (Editorial Espacio-Buenos Aires-2014)
                                                                                                         
En 1977 entrevisté a Ramón Antonio Cereijo, en el marco de la investigación que estaba realizando acerca de los antecedentes del Trabajo Social argentino, la cual dio origen al libro “Historia del Trabajo Social en Argentina” publicado originalmente en Lima, Perú en 1978 y su última y quinta edición en 2007 por la editorial Espacio de Buenos Aires.

Cereijo fue un economista porteño, nacido en 1913 y fallecido en 2003, ministro de Hacienda del presidente Juan Domingo Perón desde 1946 hasta 1952, y administrador y apoderado de la Fundación Eva Perón. Fue, a la vez, un hincha fanático del club Racing de Avellaneda (recuerdo su estudio profesional con paredes recargadas de escudos, cuadros, fotografías de jugadores, del “club de sus amores”). También, por supuesto, fue peronista.

En esa ocasión, generosamente me facilitó diversos materiales que pude fotocopiar sobre la Fundación. Uno de esos documentos era copia de un informe que contenía la transcripción de una entrevista grabada que le había realizado el historiador Leandro Gutiérrez, el 13 de julio de 1972. Dicha entrevista se llevó a cabo dentro del Proyecto de Historia Oral que el Instituto Torcuato Di Tella desarrollaba conjuntamente con la Universidad de Columbia.

En la documentación encontré una reveladora referencia sobre la participación de los agentes de la acción social de esa época, en las actividades que desplegaba la Fundación. Mencionaba Cereijo que “una de las iniciativas más importantes de la Fundación fue la de gestionar ante los Poderes Públicos las pensiones a la vejez, las que se mantienen hasta el día de hoy” (se refería a 1972). Y agregaba: “Estas pensiones se acordaron a las personas de más de 60 años y que por supuesto no se encontraran amparadas por regímenes de previsión o que tuvieren recursos propios. La Fundación, por medio de su personal de visitadoras, (destacado mío) fue la encargada de asesorar al Ministerio de Hacienda de la Nación sobre el otorgamiento de esos beneficios”.

“El acto de entrega de las pensiones a la vejez por parte de la Sra. Eva Perón fue uno de los más trascendentales y emotivos, porque los que tuvimos el privilegio de estar presentes pudimos observar la emoción que trasuntaban los rostros de hombres y mujeres que estando sin medios para poder subsistir después de haber dejado lo mejor de su ser en el paso por la vida, contaban ahora con un respaldo económico que les aseguraba la satisfacción de sus necesidades más apremiantes”. (Cereijo, 1972).

Beatriz Ventura de Bruzatori, nacida en 1925, es una asistente social graduada en el Instituto de Cultura Religiosa Superior de la calle Rodríguez Peña 1054 de la ciudad de Buenos Aires. Se desempeñó profesionalmente en el Hogar de Tránsito Nº 2, que funcionaba en la calle Lafinur 2988 (hoy Museo Evita), de la Fundación Eva Perón, hasta el golpe militar de septiembre de 1955 que se autodenominó “Revolución Libertadora”. Continuó referenciándose siempre con el peronismo y se asumía como “peronista de Evita, no de él (por Perón)”. En 1959 fue Supervisora Docente en el Instituto de Servicio Social (que funcionó en la calle Bolívar 1128), dependiente del Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública de la Nación. En 1976 asumió como Directora de la Escuela de Servicio Social de la Universidad del Salvador.

Hacia fines de agosto de 2013, a sus 88 años, pude obtener de ella, a través de una familiar directa en virtud de sus problemas de salud, algunas breves declaraciones que ilustran el accionar profesional de las asistentes sociales en la Fundación. Recordó, por ejemplo, que se llamaba “células mínimas” a los grupos de asistentes sociales que eran enviadas por Eva Perón a trabajar a las distintas zonas del país que solicitaban ayuda. Coincidente con este recuerdo de quien fuera una participante directa en la Fundación, la politóloga Carolina Barry (2008) señala que “Las llamadas ‘células mínimas’ de la Fundación Eva Perón eran grupos de cuatro asistentes sociales, a los que podían integrarse también enfermeras, que se ocupaban de realizar relevamientos médicos-sociales en todo el país”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Eva Perón, en su libro “La razón de mi vida” de 1951, mencionaba que “Las mujeres que trabajan conmigo, asistentas (sic) sociales, visitadoras (destacado mío), enfermeras, no saben lo que es el cansancio ni el sacrificio”. Y agregaba: “Yo trato de ir a ellos (se refería a la gente necesitada) con mis ‘células mínimas´”. En el mismo texto, Evita recuerda que Perón manifestaba que “Los pueblos muy castigados por la injusticia tienen más confianza en las personas que en las instituciones”.

Beatriz mencionó también que a las asistentes sociales de la Fundación no se les requería adscripción o antecedentes peronistas para desplegar su labor: “sólo había que ser muy profesional y responsable”. Y negó (contrariando las versiones que aparecen en alguna bibliografía sobre la Fundación) que tuvieran que usar distintivos peronistas en sus horas de trabajo o que fueran obligadas a asistir a actos o manifestaciones del gobierno peronista de la época.

En el año 2011, bajo la dirección de Alejandra Marino, se realizó un documental (titulado “Las muchachas” y estrenado en 2012) con el patrocinio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). En dicho documental, la asistente social Beatriz Bruzatori señala con firmeza “(si) la persona necesita; ahí está Evita. Yo no le pregunto a nadie si es peronista o no es peronista. Veo si necesita, porque esa es la consigna que yo tengo”.

Según Barry (2008), “en cada uno de los Hogares de Tránsito (fueron tres) se desempeñaban un total de treinta y nueve personas, que cumplían distintas funciones: una directora, dos secretarias administrativas, una médica, una ayudante de médica, cuatro asistentes sociales (destacado mío), cuatro religiosas, un portero, cinco cocineras y veinte mucamas”; agregando que “las asistentes sociales daban cauce a los problemas y eran las responsables de su solución desde el momento mismo en que las mujeres ingresaban hasta su egreso”. Barry le adjudica a Evita la expresión “el servicio social (destacado mío) es el alma de esta institución”.

Sobre las mujeres alojadas en los Hogares, la misma autora menciona que “las asistentes sociales comenzaban con la ardua tarea de la encuesta y el fichaje social, que incluía los datos personales, el estado de necesidad, la condición social, los medios de subsistencia, etc. Las entrevistas podían durar varias horas. Luego de la entrevista realizaban un diagnóstico y pronóstico preventivo y se las derivaba al consultorio médico”.

Ana Carmen Macri (Anita Macri, la “Peti” como le decía Evita) nació en julio de 1916 en el Hospital Alvear de la ciudad de Buenos Aires. La entrevisté el 28 de agosto de 2013, a los 97 años de edad, en su departamento de la calle Paraguay al 800. No es asistente social, pero se acordaba de Beatriz Bruzatori (“una alta, morocha”; “estaban tres asistentes sociales”, precisa). Fue secretaria del Hogar de Tránsito Nº 2 y al poco tiempo quedó a cargo de la dirección. Finalizó su trabajo en la Fundación al ser designada por Evita como Delegada del Partido Peronista Femenino en las provincias de Tucumán y Santa Fe. En las elecciones de noviembre de 1951, en las que por primera vez votaron las mujeres en Argentina, fue electa Diputada Nacional.

Anita, en su libro “Mi biografía política” (INIHEP, 2006), menciona: “Cuando las mujeres y niños entraban al Hogar eran entrevistadas por las visitadoras sociales (destacado mío), quienes les tomaban los datos, escuchaban los problemas que ellas planteaban, el motivo del ingreso y corroboraban la autorización de la Fundación para que fuesen aceptadas”. Respecto a su propia labor, inicialmente de carácter administrativo, señala que “cuando era fuera de hora y las visitadoras sociales no estaban, yo me encargaba de tomar nota de todas las necesidades y se las pasaba al día siguiente a las monjas (que pertenecían a la Congregación Hermanas del Huerto) o a las mismas visitadoras”. En el citado documental “Las muchachas”, Anita Macri expresa que “las visitadoras que correspondían a ese establecimiento (se refiere a los distintos Hogares de la Fundación) se ocupaban de la solución de los problemas”.

Acerca de las “células mínimas” que actuaban en la Fundación, en el diario “Democracia” del 21 de diciembre de 1947 se menciona que las “Cédulas (sic) Mínimas de Ayuda Social están constituidas por cuatro visitadoras (destacado mío), una jefa y una dactilógrafa móvil, que se trasladan en camionetas hasta los centros del país donde han de ejercer su acción social y humanitaria”. En la edición del 23 de diciembre, el diario “Democracia” vuelve a destacar la labor de las Células Mínimas, mencionándolas con su correcta denominación y no con la de “Cédulas”.

En la tercera edición (1950) de la publicación oficial “La Nación Argentina” aparecen varias referencias sobre las funciones y actividades de las “células mínimas”.

“Las Células Mínimas llegan hasta los más apartados rincones, interiorizándose de las necesidades de los desafortunados, solucionándoles todos sus problemas y llenando todas sus necesidades”.

Se describen las actividades de las células mínimas, mencionando que:

-       Facilitan empleos.
-       Internan a niños en Colegios.
-       Hospitalizan enfermos.
-       Devuelven a la sociedad hombres útiles que ya habían sido descartados de la labor humana.  

En relación a mujeres y niños desamparados, se destaca: “La Fundación Ayuda Social “María Eva Duarte de Perón”, por intermedio de sus células mínimas, deriva estos casos a sus Hogares de Tránsito, donde se les presta atención confortable a la mujer e hijos y se busca la solución integral al problema que los aflige”.

La Fundación, por intermedio de sus células mínimas trajo desde Santiago del Estero hasta la Capital Federal gran cantidad de niños”.

“A un año de la habilitación del primero de estos Hogares, la cantidad de casos sociales (destacado mío) resueltos asciende a la cifra de 45.324 y la cantidad de personas atendidas es de 60.180”. La mención del término “casos sociales” seguramente se referencia con la intervención específica de las asistentes sociales, habida cuenta de que es una terminología propia del campo del Servicio Social profesional.

En el folleto “Hogares de Tránsito” del Servicio Internacional de Publicaciones Argentinas (SIPA, 1950) se destaca que “Un grupo de visitadoras sociales de la Fundación de Ayuda Social Eva Perón tiene a su cargo la tarea de buscar soluciones en el terreno práctico y concreto de los hechos”. En otra publicación de SIPA, de la propia Fundación, bajo el título “Ciudad Infantil y los Hogares-Escuela” (1950) aparecen otras referencias a la presencia y actuación de las visitadoras sociales: “En la Ciudad Infantil, por ejemplo, el servicio social que nutre el poderoso organismo está regido, como en las demás instituciones, por un grupo de personas especializadas en estas tareas, denominadas Visitadoras Sociales o Células Mínimas”. “Anexo a la dirección de la casa, tienen su despacho los visitadores sociales del Servicio Social de la Ciudad Infantil”.

Asimismo en el fascículo Nº 79 de “Polémica”, bajo el título “La acción social del peronismo” (Buenos Aires,CEAL,Noviembre de 1971), su autor Carlos Russo reproduce una fotografía del Archivo General de la Nación con el siguiente epígrafe: “Visitadores de la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón censan a las víctimas de una inundación del río Matanza con el fin de proveerles alimentos, ropas, etc.”.

Delia Ferré fue una de las asistentes sociales de la Fundación. Brindó su testimonio sobre la situación social de la época y sobre la intervención de la Fundación a la profesora Silvia Elisabet Mazzuchi, quien lo registró en su libro “La Fundación Eva Perón - Homenaje al cumplirse el cincuentenario de la muerte de la Sra. María Eva Duarte” (La Plata, Ediciones UPCN, 2002). Ferré recuerda que “la situación en el interior del país era alarmante. La población estaba en un estado de abandono y miseria conmovedor. Sobre todo la provincia de Santiago del Estero, donde pudimos detectar numerosos casos de anemia y de sed. Encontramos niños en las taperas más abandonadas casi en condiciones animales, o aún peor”. “Eva recibía esa información minuciosa y en función de ella determinaba un orden de prioridades para comenzar las obras y el envío de ayuda”. Agregando que “con el tiempo nuestra misión fue cubierta por las Unidades Básicas que abrió el Partido Peronista Femenino”.

En el libro de Otelo Borroni y Roberto Vacca (“Eva Perón”,CEAL,1971) se da cuenta de la realización de un acto político en apoyo de la fórmula presidencial Perón-Quijano, llevado a cabo el 8 de febrero de 1946 en el estadio Luna Park de Buenos Aires, el cual fue organizado por un grupo de militantes peronistas universitarias. El acto, según la crónica del diario “La Prensa” del día siguiente, “comenzó con la ejecución de las canciones de los partidos Laborista y Unión Cívica Radical, Junta Renovadora. Después la concurrencia entonó el Himno Nacional. En primer término habló la señora Edelmira Giúdice, invocando la representación de las asistentes sociales (destacado mío)”.

Los mismos autores, en su otro libro “La vida de Eva Perón - Testimonios para su historia” (Buenos Aires, Galerna, 1971) registran la ardua labor diaria y las innumerables actividades que desarrollaba Eva en la Fundación, a pesar del avance de su grave enfermedad que finalmente la llevó a la muerte el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad. En dicho texto mencionan que el 22 de abril de 1950, Eva Perón “recibió a delegados de la Escuela de Servicios Sociales de la Universidad Pontificia de San Pablo, Brasil y periodistas brasileños”. 

En 1988, Peter Ross presentó una tesis de doctorado en la Universidad de New South Wales. Sydney, Australia, en la cual señala que “En cuanto a estructura y personal capacitado, la Fundación alcanzaba una profesionalización muy importante para su época”. Agregando que “La Fundación era, pese a contar con una gran cantidad de técnicos en su estructura, una institución fuertemente politizada”. Obviamente no podía ser de otra manera, ya que el abordaje de las distintas manifestaciones de la cuestión social, en aquella época como en el presente, implica siempre una opción política concreta.

Por su parte, el politólogo norteamericano George Blankten (1917-2001), autor del libro “La Argentina de Perón” (Chicago . University of Chicago Press. 1953) expresa que “En un sentido bastante concreto, la Fundación significó una revolución en el enfoque argentino de asistencia social”.

Cuando se produce el golpe cívico-militar que derrocó a Perón en septiembre de 1955, se arremetió encarnizadamente contra las diversas instituciones y actividades de la Fundación. Anita Macri, en su libro del 2006, menciona que “sacaron los azulejos españoles de los establecimientos, se robaron el instrumental de los sanatorios, se llevaban las heladeras y la ropa de cama de los policlínicos de la Fundación. Eran parvas de objetos. No querían nada que tuviera la sigla FEP (Fundación Eva Perón) ¡Cómo sería el odio! No fue una Revolución Libertadora, fue una revolución saqueadora”. Carolina Barry señala que “parte del mobiliario (de la FEP) y de los adornos fueron robados o llevados a casas particulares de los ‘vencedores’”. 

Néstor Ferioli, en su libro “La Fundación Eva Perón” (Buenos Aires,CEAL,1990) narra que “los institutos de la Fundación fueron, literalmente hablando, saqueados por funcionarios del nuevo gobierno”. “La vajilla de los Hogares Escuela fue totalmente destruida en todo el país, por los comandos civiles que arrojaban todo a la calle”.

El mismo autor cita el testimonio de Teresa Inés Sáenz de Miera, la cual relata que “Aunque la orden emanada era quemar las existencias de stock de los depósitos porque ostentaban la leyenda “Fundación Eva Perón”, aparentemente los autos de los incendiarios salían colmados de objetos hacia las respectivas casas de quienes conducían”. Miera había sido testigo de hechos semejantes en los depósitos de la calle Uriburu 920.

El 7 de agosto de 2006, el diario “Página 12” publicó un reportaje, realizado por Mario Wainfeld al historiador norteamericano Mark Healey. En el mismo, Healey refiere que después del terremoto de San Juan de 1944 la Fundación Eva Perón construyó en esa provincia distintos establecimientos y, entre ellos, dos escuelas hogar, una para niñas y la otra para niños.

Respecto a la actuación de la “Revolución Libertadora”, en relación a la Fundación, señala que halló un expediente por el cual en 1955 “nombraron como interventora a una abogada, antiperonista ella. Se dedicó a convertir la colonia hogar femenina en una agencia de formación y colocación de empleadas domésticas. Su ideario era sacar a esas chicas para que trabajaran en casas de familia, de gente como ella o sus amigas”. Agregando que “hubo protestas de las visitadoras sociales (destacado mío) que trabajaban en la colonia. Las visitadoras eran profesionales, que habían ganado su puesto antes del ’55, pero que tenían serias tensiones con el peronismo. Pero no aceptaron el giro impuesto por la interventora e hicieron largas denuncias en las que decían que eso contradecía “los fines democráticos de la Revolución Libertadora”. Al mismo tiempo, las niñas se reunían en el patio y gritaban ‘queremos que vuelva Perón’”.

El 9 de septiembre de este año 2013 el gobierno nacional inauguró la Casa de la Cultura Villa 21-24 de Barracas. Se decidió que pasara a ser la nueva sede de la Secretaría de Cultura de la Nación y que su titular, Jorge Coscia, mudara su despacho existente en la actual sede situada en el barrio de Recoleta y lo trasladara a las nuevas instalaciones de Barracas.

A raíz de esta muy importante decisión política, Coscia narró un episodio que lo impactó. Una persona de nombre Martín, que se refugia en el anonimato y no consigna su apellido, manifestó por “twitter”: “A lo mejor algún chico pasado de paco lo asesina a Coscia. Va a ser una desgracia con suerte”. Y Coscia, con recuerdo vivo y legítima indignación, señala: “Cuando pasa eso, pienso en Eva Perón. Cuando te entregás al trabajo social (destacado mío), hay un montón de hijos de puta a los que les duele”.

Más allá de que la referencia al Trabajo Social por parte de Coscia pueda resultar equívoca para los profesionales, lo significativo de este episodio es que se emparenta crudamente con la visualización que tenían ciertos sectores de la sociedad, a mediados del siglo pasado, acerca de las acciones solidarias y reparatorias de la Fundación Eva Perón. El odio que concentró Eva Perón fue equivalente, en espejo opuesto, a la fantástica obra realizada en favor de los sectores más vulnerados.

El “odio de clases”, patrimonio usualmente muy arraigado en las clases pudientes, siempre abominó de la ayuda destinada a la población más necesitada. Ayer y hoy, en palabras y acciones, propician dejar en el desamparo y “a la buena de Dios” a los sectores sociales previamente empobrecidos y degradados por el propio modelo de funcionamiento social. A la inversa, me reafirmo en la expresión -de carácter axiomático-  de que todo lo que se le transfiera a los sectores previamente vulnerados y pauperizados, es siempre inferior a lo que les corresponde como seres humanos.

El “odio a los pobres” permanece vigente en muchos, pero se prescinde de reivindicar el necesario “odio a la pobreza”, en tanto la pobreza es una categoría esencialmente política y económica, de la cual se deriva la existencia de los sujetos “pobres”. El problema (que hay que atacar decididamente) es la pobreza, no los pobres. Los pobres son el “resultado” y las víctimas del fenómeno de la pobreza. Antes y ahora, se trata de la necesidad de eliminar la pobreza y no de eliminar a los pobres.

La ciudadanía en general y los profesionales en particular siempre deberíamos tener muy presente que los pobres, como categoría social, son las víctimas y no los culpables de su propio pesar. Si lo planteáramos en términos de confrontación, tendríamos que tener muy arraigado en nuestras prácticas, que nuestro enemigo, nuestro adversario, no son los pobres; nuestro enemigo es la pobreza. En consecuencia hay que rechazar, repudiar, atacar a la pobreza; no a los pobres que son las víctimas de los procesos sociales de empobrecimiento.

Conviene recordar que las personas, al igual que los países, no son pobres porque sí, o por fatalidad o por una suerte de vocación masoquista que los impulsa suicidamente a perseverar en la desgracia. Las personas y los países suelen ser sometidos a complejos procesos de empobrecimiento, ajenos a presuntas razones biológicas, raciales, culturales, tal como intentan argumentar los sectores sociales no pobres.

Resulta notable observar, cómo el pensamiento discriminatorio, carente de sensibilidad y sentido de equidad, ha traspasado el propio ámbito de los sectores del poder (o de los sectores dominantes como se decía en otras épocas) y se ha instalado y ganado la conciencia (la mala conciencia) hasta de los sectores medios y aún bajos de la sociedad.

La lucha ideológica, la lucha cultural, forman parte inescindible de la lucha política que, en su sentido más abarcativo, prima en el funcionamiento de todas las sociedades. Y esto no es de ahora, ni privativo de nuestro país. En Argentina, hace ya mucho tiempo, hace 154 años y me remonto al 13 de septiembre de 1859, un Senador Nacional manifestaba en un discurso en el recinto legislativo: “Si los pobres se han de morir, que se mueran, porque el Estado no tiene misericordia”. “El Estado no tiene caridad, no tiene alma”. “La sociedad no puede responder de las personas que se encuentran en la indigencia”. “¿Qué importa que deje morir (se refiere al Estado) al que no puede vivir, al que no puede existir por sus desarreglos, por sus defectos?”. “Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, y cuando hay hijos muy dignos de la atención del Estado, a esos huérfanos no se les debe dar más que de comer”.

Esta brutal y si se quiere excelsa pieza de “darwinismo social”, no le perteneció a un ignoto político de aquella época. Tales expresiones le pertenecieron al controvertido “padre del aula”, al “maestro de América”. Le pertenecieron a Domingo Faustino Sarmiento. Sin duda estas manifestaciones, en boca de alguien tan reconocido (que desempeñó muchos cargos importantes y que llegó a ser presidente del país entre 1868 y 1874) habrán contribuido a fortalecer el desdén, el resentimiento, el odio mismo hacia los pobres.

Y si a alguien, entonces, como Eva Perón, se le ocurría ya en el siglo XX proponer y defender el “amor a los pobres”, el “amor a los humildes”, no podía sino más que recoger y concentrar -desde el injusto paradigma de la discriminación y desde sus apologistas y repetidores- el profundo y visceral odio hacia ella misma y a sus acciones en favor de los desposeídos.

Desgraciadamente persiste, en este 2013, una gran resistencia cultural y política para aceptar los valores de igualdad para todos los habitantes de la Nación. La Fundación Eva Perón y las asistentes sociales que se desempeñaron en la misma brindaron un firme testimonio en pro de dichos valores, a partir de su accionar concreto en la defensa y cristalización de los derechos sociales. 

Diversas críticas se desplegaron acerca del accionar de la Fundación, tendiendo a relacionar sus prácticas con componentes voluntaristas, indiscriminados, anárquicos, espontáneos. O bien, dudas acerca de qué construcción de “institucionalidad” se llegó a consolidar, para evitar que todo lo realizado en materia asistencial se diluyera al desaparecer la Fundación.   

En principio, es necesario destacar que la existencia de la Fundación abarcó sólo 7 años, de 1948 hasta 1955. Y el período principal, por la orientación y por el ímpetu que le imprimió su fundadora, fue de 4 años, desde 1948 hasta 1952 en que fallece Eva Perón. Una organización que asumió de manera masiva la atención de las problemáticas de los sectores más postergados y excluidos de todo el país, habría de requerir de mayores tiempos para arraigar y perfeccionar su funcionamiento. Resultó obvio que, después de septiembre de 1955, no se intentó continuar ni mejorar lo realizado, ni construir mayor “institucionalidad”, sino directamente descartar e interrumpir -con extrema irracionalidad y revanchismo- todo lo avanzado en materia asistencial.

Lo cierto es que Eva Perón logró instalar, a partir de su prédica y de su acción, la transgresora y profunda noción del “derecho a tener derechos”, habilitando la irrupción de un nuevo paradigma que revolucionó conceptualmente el modo de entender y encarar la cuestión social.

A pesar de la intensa y destacada labor que desarrollaron en la Fundación las visitadoras y las asistentes sociales y de la nueva orientación que asumía a la asistencia como un derecho, la profesión en su conjunto no logró apropiarse de este avance conceptual que requería rescatar y valorizar importantemente la dimensión de “lo asistencial”, en el marco del proceso socio-educativo del Trabajo Social.

El propio Movimiento de Reconceptualización, que irrumpió a mediados de los años 60 y que constituyó el momento de quiebre y avance más importante de la historia profesional, no logró comprender ni procesar la enorme significación que implicaba (y aún implica) el “derecho a la asistencia” para la población involucrada en las prácticas del Trabajo Social.

Eva Perón, en “La razón de mi vida”, realizó una trascendente y profunda caracterización acerca de la índole estructural de las problemáticas sociales, cuando afirmó “Yo sé que mi trabajo de ayuda social no es una solución definitiva de ningún problema. La solución será solamente la justicia social (destacado mío). Cuando cada uno tenga lo que en justicia le corresponde entonces la ayuda social no será necesaria. Mi mayor aspiración es que algún día nadie me necesite…”.

Por cierto, la búsqueda y la consolidación de la justicia social, como paradigma distintivo del funcionamiento de una sociedad determinada, requerirá asumir profundos cambios estructurales en línea con los principios de igualdad que deben primar para todos los habitantes de una nación. Pero… mientras tanto, cabrá seguir asumiendo -con firme decisión y con la escala de recursos económicos suficientes- la perspectiva del afianzamiento y expansión creciente de los derechos sociales, como una contribución estratégica hacia la inclusión y la equidad deseada.

Resulta pertinente recordar que el Trabajo Social actual y sus agentes profesionales (las y los trabajadores sociales) mantienen vigente su posicionamiento en defensa de la justicia social, como valor central en la consolidación de sociedades dignas y, como tal, plenamente humanas. 




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